EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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CAPÍTULO VII - Bienaventurados los pobres de espíritu

Lo que ha de entenderse por pobres de espíritu. - El que se eleva será humillado. - Misterios ocultos a los sabios y a los entendidos. - Instrucciones de los espíritus: Orgullo y humildad. - Misión del hombre inteligente en la tierra.


Lo que ha de entenderse por pobres de espíritu


1. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. (San Mateo, cap. V, v. 3).


2. La incredulidad se ha ensañado en esta máxima, "Bienaventurados los pobres de espíritu", como en muchas otras cosas, sin comprenderla. Por pobres de espíritu Jesús no entiende los hombres desprovistos de inteligencia, sino los humildes: dice que el reino de los cielos es para ellos, y no para los orgullosos.

Los hombres de ciencia y de genio, según el mundo, generalmente tienen tan alta opinión formada de sí mismos y de su superioridad, que miran las cosas divinas como indignas de su atención; sus miradas, concentradas en su persona, no pueden elevarse hasta Dios. Esta tendencia a creerse superiores a todo, les conduce muchas veces a negar lo que, no estando a sus alcances, podria rebajarles, y a negar hasta la Divinidad; o si consienten en admitirla, le disputan uno de sus más hermosos atributos: su acción providencial sobre las cosas de este mundo, persuadidos de que ellos solos bastan para gobernarlo bien. Tomando su inteligencia por la inteligencia universal, y juzgándose aptos para comprenderlo todo, no creen posible nada de lo que no comprenden; cuando han pronunciado su sentencia, para ellos no tiene apelación. Si se niegan a admitir el mundo invisible y un poder extrahumano, no es porque no esté a sus alcances, sino porque su orgullo se subleva a la idea de una cosa que no pueden dominar, y les haría bajar de su pedestal. Este es el motivo porque sólo tienen sonrisas de desdén para todo lo que no es del mundo visible y tangible; se atribuyen sobrado genio y ciencia para creer en cosas buenas para los "cándidos", según ellos, teniendo por "pobres de espíritu", a todos los que las toman por lo serio.

Sin embargo, por más que digan, será preciso que entren como los otros en ese mundo invisible de que se ríen; entonces será cuando abrirán los ojos y conocerán su error. Dios, que es justo, no puede recibir con el mismo título al que ha desconocido su poder y al que se ha sometido humildemente a sus leyes, ni hacerles una parte igual. Diciendo que el reino de los cielos es para los humildes, Jesús entiende que no se admite a nadie "sin la sencillez de corazón y la humildad del espíritu; que el ignorante que poseerá estas cualidades, será preferido al sabio que cree más en sí que en Dios. En todas las circunstancias coloca la humildad en la categoría de las virtudes que aproximan a Dios y el orgullo entre los vicios que alejan de El, por una razón muy natural, porque la humildad equivale a un acto de sumisión a Dios mientras que el orgullo es rebelarse contra El. Vale, pues, más, para la futura felicidad del hombre, ser pobre de espíritu en el sentido del mundo, y rico en cualidades morales.


El que se eleva será humillado


3. En aquella hora se llegaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién piensas que es mayor en el reino de los cielos? -Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos. -Y dijo: En verdad os digo, que si no os volviéseis e hiciérais como niños, no entraréis en el reino de los cielos. - "Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, éste es el mayor en el reino de los cielos". - Y el que recibiere a un niño tal en mi nombre a mí recibe. (San Mateo, cap. XVIII, v. 1 a 5).


4. Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Cebedeo con sus hijos, adorándole y pidiéndole alguna cosa. - El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Dí que estos mis dos hijos se sienten en tu reino, el uno a tu derecha y el otro a la izquierda. - Y respondiendo Jesús, dijo: No sabéis lo que pedís: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Dícenle: podemos. -Díjoles: en verdad beberéis mi cáliz; mas el estar sentado a mí derecha o a mi izquierda, no me pertenece a mí darlo a vosotros, si no a los que está preparado por mi Padre. - Cuando los diez oyeron esto, se indignaron contra los dos hermanos. - Mas Jesús los llamó a sí, y dijo: ¿Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan a sus pueblos, y que los que son mayores ejercen potestad sobre ellos? - No será así entre vosotros: mas entre vosotros, todo el que quiera ser mayor, será vuestro criado. - Y el que entre vosotros quiera ser primero, será vuestro siervo; - así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en redención por muchos. (San Mateo, cap. XX, v. de 20 a 28).


5. Y aconteció: que entrando Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, ellos le estaban acechando. - Y observando también cómo los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, y dijo: - Cuando fueres convidado a bodas no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado más honrado que tú. - Y que venga aquél que te convidó a tí y a él y te diga: Da el lugar a éste, y que entonces tengas que tomar el último lugar con vergüenza. - Mas cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto: pára que cuando venga el que te convidó te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los que estuvieron contigo a la mesa -"Porque todo aquél que se ensalva, humillado será, y el que se humilla será ensalzado". (San Lucas, cap. XIV, v. 1 y de 7 a 11).


6. Estas máximas son consecuencia del principio de humildad que Jesús no cesa de sentar como condición esencial de la felicidad prometida para los elegidos del Señor, y que ha formulado con estas palabras: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Tomó un niño como tipo de la sencillez de corazón, y dijo: "Cualquiera, pues, que se humillare como este niño", éste es el mayor en el reino de los cielos, es decir, el que no tendrá ninguna pretensión a la superioridad o a la infalibilidad.

El mismo pensamiento fundamental se encuentra en esta otra máxima: "Todo el que quiera ser mayor será vuestro criado", y en esta otra: "Porque aquél que se ensalza, humillado será, y el que se humilla, será ensalzado".

El Espiritismo viene a sancionar la teoría con el ejemplo, enseñándonos grandes en el mundo de los espíritus a aquellos que eran pequeños en la tierra, y a menudo, muy pequeños a aquellos que estaban en ella como grandes poderosos. Consiste en que los primeros se llevaron, al morir, sólo aquello que hace la verdadera grandeza en el Cielo, y no se pierde: las virtudes; mientras que los otros, tuvieron que dejar lo que constituía su grandeza en la tierra y no puede llevarse: la fortuna, los títulos, la gloria, el nacimiento; no teniendo otra cosa, llegan al otro mundo desprovistos de todo, como los náufragos que lo perdieron todo, hasta sus vestidos; sólo conservaron su orgullo, que hace su nueva posición más humillante porque ven superiores a ellos y resplandecientes de gloria, a los que pisotearon en la tierra.

El Espiritismo nos enseña otra aplicación de este principio en las encarnaciones sucesivas en las que aquéllos que estuvieron más elevados en una existencia, han bajado a la última clase en una existencia siguiente, si han sido dominados por el orgullo y la ambición. No busquéis, pues, el primer puesto en la tierra, ni procuréis poneros más altos que los otros, si no queréis veros obligados a bajar; buscad, por el contrario, el más humilde, y el más modesto, porque Dios sabrá daros uno más elevado en el Cielo, si lo merecéis.


Misterios ocultos a los sabios y a los entendidos


7. En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Doy gloria a Tí, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las has descubierto a los párvulos. (San Mateo, cap. XI, v. 25).


8. Puede parecer singular el que Jesús dé gracias a Dios por haber querido revelar estas cosas "a los sencillos y a los pequeños", que son los pobres de espíritu, y haberlas ocultado a "los sabios y entendidos", más aptos en apariencia para comprenderlas. Se ha de entender por los primeros a los "humildes" que se humillan ante Dios y no se creen superiores a todo el mundo, y por los segundos, a los "orgullosos" envanecidos con su ciencia mundana que se creen prudentes porque niegan y tratan a Dios de igual a igual cuando no lo desconocen; - porque en la antigüedad, "entendido" era sinónimo de sabio -; por esto Dios le ha dejado buscar los secretos de la tierra, y revela los del Cielo a los sencillos y a los humildes que se inclinan ante El.


9. Lo mismo sucede hoy con las grandes verdades reveladas por el Espiritismo. Ciertos incrédulos se admiran de que los espíritus hagan tan pocos esfuerzos para convencerles; y es que éstos se ocupan de aquellos que buscan la luz de buena fe, y con humildad, con preferencia a aquellos que creen poseer toda la luz y que piensan, al parecer, que Dios debería tenerse por feliz si pudiese conducirles a El, probándoles que existe. El poder de Dios se ve tanto en las cosas más pequeñas como en las más grandes: no pone la luz debajo del celemín, puesto que la esparce a torrentes por todas partes: ciegos son, pues, los que no la ven. "Dios no quiere abrirles los ojos a la fuerza, puesto que les gusta tenerlos cerrados". Ya les vendrá su hora, pero antes, es menester que sientan las angustias de las tinieblas y "reconozcan a Dios y no a la casualidad en la mano que hiere su orgullo". Emplea para vencer la incredulidad los medios que le convienen, según los individuos; no hay necesidad de que la incredulidad le prescriba lo que debe hacer y decirle: si quieres convencerme, es preciso que lo hagas de éste o del otro modo, en tal momento más bien que en tal otro, porque éste me conviene más. Que no se maravillen, pues, los incrédulos, si Dios y los espíritus que son los agentes de su voluntad, no se someten a sus exigencias. Que se pregunten qué es lo que dirían si el último de sus servidores quisiera imponérseles. Dios impone sus condiciones y no las recibe; escucha con bondad a los que se dirigen a El con humildad, y no a los que creen ser más que El.


10. Se dirá ¿No podría Dios advertirles personalmente con señales palpables, ante las cuales el incrédulo más endurecido habría de inclinarse? Sin duda que lo podría, pero entonces, ¿dónde estaría el mérito, y por otra parte, para qué serviría esto? ¿No vemos todos los días quien se niega a la evidencia, diciendo: si viese, no creería, porque yo "sé" que eso es imposible? Si se niegan a conocer la verdad, es porque su espíritu no está aún en disposición de comprenderla, ni su corazón para sentirla. "El orgullo es la catarata que obscurece su vista"; ¿para qué sirve presentar la luz a un ciego? Es, puesto, preciso, primero, curar la causa del mal; por esto, como un médico hábil, castiga primero el orgullo. No abandona a sus hijos extraviados, porque sabe que tarde o temprano se abrirán sus ojos; pero quiere que sea por su propia voluntad, y después de vencidos por los tormentos de la incredulidad, se echarán ellos mismos en sus brazos y, como el hijo pródigo, le pedirán gracia.


INSTRUCCIONES DE LOS ESPÍRITUS

Orgullo y humildad


11. ¡La paz del Señor sea con vosotros, queridos amigos! Vengo a animaros a seguir el buen camin.

A los pobres espíritus que en otro tiempo habitaban la tierra, Dios les da la misión de iluminaros. Bendito sea, por la gracia que nos concede de poder favorecer vuestro mejoramiento. ¡Que el Espíritu Santo me ilumine y me ayude, para que mi palabra sea comprensible, y que me haga la gracia de que esté al alcance de todos! ¡Vosotros, encarnados, que estáis en pena y buscáis la luz, que la voluntad de Dios venga en mi ayuda para hacerla brillar a vuestros ojos!

La humildad es una virtud muy olvidada entre vosotros; los grandes ejemplos que se os han dado se han seguido muy poco, y, sin embargo, sin humildad, ¿podéis, acaso, ser caritativos con vuestro prójimo? ¡Oh! no, porque ese sentimiento nivela a los hombres; él les dice que son hermanos, que deben ayudarse entre sí, y las conduce al bien. Sin humildad hacéis gala de virtudes que no tenéis, como si lleváis un vestido para ocultar las deformidades de vuestro cuerpo. Acordáos de "Aquel" que nos salvó; recordad su humildad, que tan grande le hizo y le elevó por encima de todos los profetas.

El orgullo es el terrible adversario de la humildad. Si Cristo prometió el reino de los cielos a los más pobres, fué porque los grandes de la tierra se figuran que los títulos y las riquezas son recompensas dadas a su mérito y que su esencia sea más pura que la del pobre; creen que esto se les debe, y por lo mismo cuando Dios se las quita le acusan de injusto. ¡Oh irrisión y ceguera! ¿Acaso Dios hace distinción entre vosotros por el cuerpo? La envoltura del pobre, ¿no es igual a la del rico? ¿Ha hecho el Criador dos especies de hombres? Todo lo que Dios ha hecho es grande y sabio; no le atribuyáis las ideas que producen vuestros cerebros orgullosos.

¡Oh rico! mientras tú duermes bajo tus artesonados dorados al abrigo del frío, ¡no sabes cuántos millares de hermanos, que valen tanto como tú, están echados en la paja! El desgraciado que sufre hambre, ¿ no es, acaso, tu igual? A esta palabra tu orgullo se subleva, lo sé muy bien; tú consentirás en darle limosna, pero darle la mano y estrechársela, ¡nunca! "¡Qué dices! yo, de noble estirpe, grande de la tierra, ser igual a ese pordiosero andrajoso! ¡Vana utopía de los que se llaman filósofos! Si fuésemos iguales, ¿por qué Dios les hubiera colocado tan abajo y a mí tan alto?" En verdad que vuestros vestidos no se parecen mucho, pero desnudos los dos, ¿qué diferencia habrá entre vosotros? Dirás que la nobleza de la sangre, pero la química no ha encontrado diferencia entre la sangre de un gran señor y la de un plebeyo, entre la del amo y la del esclavo. ¿Quién te ha dicho que tú mismo no fuiste un miserable y desgraciado como él? ¿Qué no has pedido limosna? ¿Que no la pedirás un día al mismo que desprecias hoy? ¿Acaso son eternas las riquezas? No acaban con el cuerpo, envoltura perecedera de tu espíritu? ¡Oh!, vuelve a la humildad!, echa una mirada sobre la realidad de las cosas de este mundo, sobre lo que constituye tu grandeza y el abatimiento del otro; piensa que la muerte no te respetará más que a él, que tus títulos no te preservarán de ella, que puede herirte mañana, hoy, dentro de una hora, y si te sepultas con tu orgullo, ¡oh! entonces te compadezco, porque serás digno de piedad.

¡Orgullosos! ¿Qué erais vosotros antes de ser nobles y poderosos? Puede muy bien que fuéseis más bajos que el último de vuestros criados. Doblad, pues, vuestras altivas frentes, que Dios puede humillar en el mismo momento que más las levantáis. Todos los hombres son iguales en la balanza Divina. Sólo las virtudes los distinguen a los ojos de Dios. Todos los espíritus son de una misma esencia y todos los cuerpos están amasados de una misma pasta; vuestros títulos y vuestros nombres en nada la alteran, quedan en la tumba, y no son ellos los que dan la felicidad prometida a los elegidos; la caridad y la humildad son sus títulos de nobleza.

¡Pobre criatura! tú eres madre, tus hijos sufren, tienen frío, tienen hambre; vas abrumada bajo el peso de tu cruz a humillarte para buscarles un pedazo de pan. ¡Oh-! yo me inclino ante tí; ¡cuán noble, santa y grande eres a mis ojos! Espera y ruega; la felicidad aun no es de este mundo. A los pobres oprimidos y que confían en Dios, les da el reino de los cielos.

Y tú, mujer pobre y joven, entregada al trabajo y a las privaciones; ¿por qué lloras? que tu mirada, piadosa y serena, se eleve hacia Dios; a las avecillas les da el pasto; ten confianza en El; no te abandonará. El ruido de las fiestas y de los placeres del mundo hacen latir tu corazón; tú quisieras también adornar tu frente con flores y reunirte con los felices de la tierra: dices que podrías también ser rica como esas mujeres que ves pasar alegres y risueñas. ¡Oh! ¡cállate, hija mía! Si supieses cuántas lágrimas y dolores sinnúmero se ocultan bajo esos vestidos bordados, cuántos suspiros se ahogan bajo el ruido de esa orquesta alegre, preferirías tu humilde retiro y tu pobreza. Mantente pura a los ojos de Dios si no quieres que tu ángel guardián remonte hacia él, ocultando su rostro bajo sus blancas alas, y te deje con tus remordimientos, sin guía, sin sostén, en ese mundo en que te perderías esperando ser castigada en el otro.

Y todos vosotros, los que sufrís por la injusticia de los hombres, sed indulgentes con las faltas de vuestros hermanos, considerando que también las tenéis vosotros: esta es la caridad y también es la humildad. Si sufrís por las calumnias, doblad la frente bajo esta prueba. ¿Qué os importan las calumnias del mundo? Si vuestra conducta es pura, ¿acaso Dios no puede recompensaros? Sobrellevar con valor las humillaciones de los hómbres, es ser humilde y reconocer que sólo Dios es grande y poderoso.

¡Oh, Dios mio! ¿será preciso que Cristo vuelva otra vez a la tierra para enseñar a los hombres tus leyes que olvidan? ¿Deberá, quizás, echar otra vez del templo a los mercaderes que manchan tu casá que sólo es lugar de oración? ¿Y quién sabe? ¡oh hombres! si Dios os concediese esa gracia, se la negaríais como la otra vez. Le llamaríais blasfemo; porque abatiría el orgullo de los fariseos modernos; quizás le hiciéseis emprender de nuevo el camino del Gólgota.

Cuando Moisés estuvo sobre el monte Sinaí a recibir los mandamientos de Dios, el pueblo de Israel, entregado a sí mismo, abandonó a su verdadero Dios; hombres y mujeres dieron su oro y sus alhajas para hacer un ídolo que adoraban. Hombres civilizados; vosotros hacéis como ellos. Cristo os dejó su doctrina; os dió el ejemplo de todas las virtudes y habéis abandonado ejemplos y preceptos; cada uno de vosotros, teniendo sus pasiones os habéis hecho un Dios a vuestro gusto: según los unos, terrible y sanguinario; según los otros, indiferente a los intereses del mundo; el Dios que os habéis hecho es aún el becerro de oro que cada uno apropia a sus gustos y a sus ideas.

Meditad, ¡oh hermanos míos y amigos! Que la voz de los espíritus conmueva vuestros corazones; sed generosos y caritativos sin ostentación, es decir, haced el bien con humildad; que cada uno destruya poco a poco los altares que habéis levantado al orgullo; en una palabra, sed verdaderos cristianos y alcanzaréis el reino de la verdad. No dudéis más de la bondad de Dios, cuando os envía tantas pruebas. Venimos a preparar el camino para el cumplimiento de las profecías. Cuando el señor os dé una manifestación más resplandeciente de su clemencia, que el enviado celeste encuentre en vosotros sólo una gran familia; que vuestros corazones afables y humildes sean dignos de oír la palabra divina que os traerá; que el elegido no encuentre en su camino sino palmas dispuestas para vuestra vuelta al bien, a la caridad, a la fraternidad, y entonces vuestro mundo será el paraíso terrestre. Mas si sois insensibles a la voz de los espíritus enviados para purificar y renovar vuestra sociedad civilizada, rica en ciencia, y con todo, tan pobre en buenos sentimientos, entonces ¡oh! sólo nos quedará el recurso de llorar y gemir por vuestra suerte. Pero no, no sucederá de ese modo; volved a Dios, vuestro padre, y entonces todos nosotros, que habremos contribuido al cumplimiento de su voluntad entonaremos el cántico de acción de gracia para agradecer al Señor su inagotable bondad y para glorificarle por todos los siglos de los siglos. Así sea. (Lacordaire. Constantina, 1863.)


12. Hombres, ¿por qué os quejáis de las calamidades que vosotros mismos habéis amontonado sobre vuestras cabezas? Habéis desconocido la santa y divina moral de Cristo; no os maravilléis, pues, que la copa de la iniquidad se haya desbordado por todas partes.

El malestar se hace general, y ¿quién tiene la culpa sino vosotros mismos, que sin cesar procuráis destruiros unos a otros? No podéis ser felices sin mutua benevolencia. ¿Y puede existir la benevolencia con el orgullo? El orgullo: he aquí el origen de todos los males; trabajad para destruirlo, si no queréis ver cómo se perpetúan sus funestas consecuencias. Un sólo medio se os ofrece para estó, pero es infalible; es el tomar por regla invariable de vuestra conducta la ley de Cristo, ley que habéis rechazado o falseado en su interpretación.

¿Por qué tenéis en tan gran estima lo que brilla y encanta a la vista, más bien que lo que toca al corazon? ¿Por qué el vicio de la opulencia es el objeto de vuestras adulaciones, cuando sólo tenéis una mirada de desdén por el verdadero mérito en la obscuridad? Cuando un rico pervertido, perdido de cuerpo y alma, se presenta en alguna parte, se le abren todas las puertas, todas las consideraciones son para él, mientras que se desdeña conceder un saludo de protección al hombre de bien que vive de su trabajo. Cuando la consideración que se concede a las personas se estima por el peso del oro que poseen o por el nombre que llevan, ¿qué interés puede tenerse en corregirse de sus defectos?

De otro modo sucedería si el vicio dorado fuese castigado por la opinión como lo es el vicio andrajoso: pero el orgullo es indulgente para todo lo que le adula. Siglo de codicia y de dinero, decís; sin duda que lo es, pero, ¿por qué habéis dejado que las necesidades materiales tomasen imperio sobre el buen sentido y la razón? ¿Por qué quiere cada cual sobreponerse a su hermano? Por eso la sociedad sufre hoy las consecuencias de todo esto.

No olvídéis que tal estado de cosas es siempre una señal de decadencia moral. Cuando el orgullo llega a los últimos límites, es indicio de una caída próxima porque Dios hiere siempre a los soberbios. Si algunas veces les deja suibir, es para darles lugar a reflexionar y enmendarse bajo los golpes que de tiempo en tiempo se dirigen a su orgullo para avisarles; pero en vez de humillarse, se rebelan, y entonces, cuando está llena la medida, les abate en seguida y su caída es tanto más terrible cuanto más alto han subido. ¡Pobre raza humana, cuyo egoísmo ha corrompido todos los senderos!, reanímate, sin embargo; Dios, en su misericordia infinita, envía un poderoso remedio a tus males, un socorro inesperado a tu necesidad. Abre los ojos a la luz; he aquí que las almas de los que no existen vienen a recordarte tus verdaderos deberes; ellas te dirán, con la autoridad de la experiencia, cuán poca cosa son las vanidades y las grandezas de vuestra pasajera existencia con respecto a la eternidad; te dirán que el más grande será el que fué más humilde entre los pequeños de la tierra; que el que ha amado más a sus hermanos es también el que será más amado en el cielo; que los poderosos de la tierra si abusaron de su autoridad, serán obligados a obedecer a sus servidores; que la caridad y la humildad, en fin, esas dos hermanas que se dan la mano, son los titulos más eficaces para obtener gracia ante el Eterno. (Adolfo, obispo de Argel. Marmande, 1862).


Misión del hombre inteligente en la tierra


13. No os déis importancia por lo que sabéis, porque ese saber tiene limites muy reducidos en el mundo que habitáis. Pero aun suponiendo que seáis los personajes inteligentes de ese globo, no tenéis por esto ningún derecho de envaneceros. Si Dios, en sus designios, os ha hecho nacer en un centro que hayáis podido desarrollar vuestra inteligencia, es que quiere que hagáis uso de ella para bien de todos, porque es una misión que os da, poniendo en vuestras manos el instrumento con cuya ayuda podéis desarrollar, cuando venga el caso, las inteligencias atrasadas y conducirlas a Dios. La naturaleza del instrumento ¿no indica, acaso, el uso que debe hacerse de él? La azada que el jardinero pone en las manos de su operario, ¿no le enseña que debe cavar? ¿Y qué diríais si este hombre, en lugar de trabajar, levantara la azada para herir a su amo? Diríais que es monstruo y que merece ser expulsado. ¡Pues bien! ¿No sucede lo mismo con aquél que se sirve de su inteligencia pará destruir la idea de Dios y de la Providencia entre sus hermanos? ¿No levanta también la azada contra el amo, que se la dió para laborar el terreno? ¿Tiene derecho al salario prometido, o por el contrario, no merece ser despedido del jardín? Despedido, será, no lo dudéis, y arrastrará existencias miserables y humillantes, hasta que se haya doblado ante "Aquel" a quien lo debe todo.

La inteligencia es rica en méritos para el porvenir, pero con la condición de hacer de ella buen uso: si todos los hombres que la poseen la empleasen según las miras de Dios, la misión de los espíritus sería fácil para hacer avanzar a la humanidad; desgraciadamente para muchos es objeto de orgullo y de perdición para ellos mismos. El hombre abusa de su inteligencia como de todas sus otras facultades, y, sin embargo, no le faltan lecciones que le adviertan que una mano poderosa pueda quitarle lo que le ha dado. (Fernando, espíritu protector. Bordeaux, 1862).