EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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3. Jesús era aficionado a la sencillez de los símbolos, y en su varonil lenguaje, los obreros llegados a la primera hora son los profetas, Moisés, y todos los iniciadores que marcaron las etapas del progreso continuadas a través de los siglos por los apóstoles, los mártires, los Padres de la Iglesia, los sabios, los filósofos, en fin, los espiritistas. Estos, llegados los últimos, han sido anunciados y predkhos desde la aurora del Mesías, y recibirán la misma recompensa; ¿qué digo?, más alta recompensa. Ultimos venidos, los espiritistas aprovechan los trabajos intelectuales de sus antecesores, porque el hombre debe heredar del hombre, pues sus trabajos y sus resultados son colectivos: Dios bendice la solidaridad. Muchos de ellos vuelven a vivir hoy, o volverán a vivir mañana para acabar la obra que empezaron en otro tiempo; más de un patriarca, más de un profeta, más de un discipulo de Cristo, más de un propagador de la fe cristiana, se encuentran entre ellos, pero más esclarecidos, más adelantados, trabajando no ya a la base sino al coronamiento del edificio; su salario será, pues, proporcionado al mérito de la obra.


La reencarnación, este hermoso dogma, eterniza y precisa la filiación espiritual. El espíritu llamado a dar cuenta de su mandato terrestre, comprende la continuidad de la tarea interrumpida, pero siempre vuelta a tomar; ve, siente que ha cogido al vuelo el pensamiento de sus antecesores; vuelve a entrar en la lid, maduro por la experiencia, para adelantar otra vez, y todos los obreros de la primera y de la última hora, fijos los ojos en la profunda justicia de Dios, ya no murmuran, sólo le adoran.


Tal es uno de los verdaderos sentidos de esta parábola que encierra, como todas las que Jesús dirigió al pueblo, el germen del porvenir; y también bajo todas las formas, bajo todas las imágenes, encierra la revelación de esa magnífica unidad que armoniza todas las cosas en el universo, de esa solidaridad que reune a todos los seres del presente, del pasado y del porvenir. (Henri Heine. París, 1863).